lunes 9 de noviembre de 2009

COMENTARIO DE FRAN JIMÉNEZ SOBRE FABULOSAS NARRACIONES POR HISTORIAS DE ANTONIO OREJUDO


Irreverente novela sobre los ideales propuestos por Ortega para implantar una nueva estética artística y literaria en la España de los años 20.
Tres jóvenes intentan dinamitar los presupuestos de La Residencia de Estudiantes. Un sobrino de Azorín, otro de Pereda y un pueblerino adinerado hacen de las suyas en Madrid para reivindicar una estética no sujeta a los preceptos de Ortega y Gasset. Patricio (sobrino de Pereda) escribe una novela realista y no consigue publicarla porque no está dentro de los cánones de Ortega. Es el hilo conductor.
Humor a raudales, sobredosis de actuación de los personajes, una prosa ligera y unas opiniones sobre la novela son los ingredientes de la novela. Los personajes y los diálogos son excelentes.
El trato dado a Juan Ramón y Ortega son absolutamente irreverentes. Los muchachos no dejan títere con cabeza.
En algunos episodios hay sexo brutal y desternillantes (no apto para espíritus mojigatos).
En otras ocasiones se dan opiniones literarias alejadas de los cánones, la interpretación que da un tertuliano sobre La Regenta es muy interesante.
No tengo la fomación suficiente para profundizar en el contenido exacto, no sé si los episodios son inventados o reales, o un poco de todo. Pero me gusta esta información que da el libro. Desde luego, después de leer la novela tu opinión sobre Lorca y las Vanguardias no será la misma. Y si hay algo de invención o de realidad no afecta en nada a la lectura de la novela.
Hay detalles de finura, por ejemplo uno de los temas principales del libro es la amistad, como se nos ha dicho muchas veces de la Generación del 27. Otro de los temas es el debate sobre las vanguardias, incluída la del surrealismo francés, con quien son comparados nuestros protagosnistas. Otro tema secundario, pero también ocupa un lugar importante, es la literatura pornográfica, ahí no digo nada más sino que el lector opine sobre los casos que se plantean en la revista La Pasión, absolutamente desquiciados y la respuesta del doctor que atiende el consultorio sexológico. Como todos sabemos en estos casos las revistas siempre están de parte del que hace la consulta, aunque te digan que si es normal acostarse con su misma madre. La respuesta es, claro, por qué no.
¿Y las tertulias literarias? Son escenas maravillosas de la novela. Otra desmitificación.
El entramado económico de la Residencia también es interesante, aunque no sé si es parte de la ficción o hubo algo de buscar una generación nueva de escritores movida por intereses comerciales. Pienso que para mover dinero de verdad se podrían haber inventado una generación de novelistas y no de poetas. El narrador sostiene que fue porque Ortega no fue capaz de llevar a cabo un novela vanguardista con éxito. Pero me imagino que la realidad es mucho más compleja.
Otra lectura posible sería la de tratar de desmitificar a los escritores y obras que se nos presentan como canónicas y de las que apenas podemos decir nada nuevo. En este sentido, Juan Ramón, Unamuno, Lorca y Ortega son cabezas de turco de un novelista que trata de mirar a los escritores como personas, con sus mezquindades y grandezas.


Una novela recomendable, pero no para todos los públicos, abstenerse académicos de la literatura.

En el blog "Apostillas y opiniones"

YO YA LO HE LEÍDO

Si quieres leer la crítica de CAÍN de José Saramago pincha en la siguiente dirección:
www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26113/Cain

jueves 22 de octubre de 2009

RAFAEL CHIRBES EN EL AULA JOSÉ MARÍA VALVERDE

Escritor y crítico literario nacido en Tabernes de Valldigna, Valencia, el 27 de junio de 1949. Estudió Historia Moderna y Contemporánea en Madrid. Ha vivido en Marruecos (en donde fue profesor de español), París, Barcelona, A Coruña o Extremadura y regresó en el 2000 a Valencia. Fue crítico literario , escritor de relatos de viajes y también de reseñas gastronómicas.
Su primera novela, Mimoun (1988), fue finalista del Premio Herralde y su obra La larga marcha (1996) fue galardonada con el premio alemán SWR-Bestenliste. Con esta novela inició una trilogía sobre la sociedad española que abarca desde la posguerra hasta la transición, que se completa con La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003). Con Crematorio (2007) hizo un retrato demoledor de la especulación inmobiliaria, y recibió el Premio Nacional de la Crítica, además de muchos otros reconocimientos tanto de la crítica especializada como del público.

jueves 21 de mayo de 2009

ARTHUR CONAN DOYLE 1859 - 2009. UNA LECTURA NECESARIA.


Sir Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo ( Escocia). Estudió medicina, pero también se dedicaba a escribir relatos y fue el creador de  Sherlock Holmes, tal vez el detective más famoso de la novela policíaca que aplicó el método deductivo a la resolución de los enigmas. La primera vez que apareció fue en Estudio en escarlata, novela de 1887, y aunque tuvo éxito con novelas Las aventuras de Sherlock Holmes o El retorno de Sherlock Holmes o  El libro de casos  de Sherlock Holmes, su novela más acertada fue El sabueso de los Baskerville, novela que publicó por entregas en el Strand Magazine entre 1901 y 1902. Así arranca la novela

1. El señor Sherlock Holmes

El señor Sherlock Holmes, que de ordinario se levantaba muy tarde, excepto en las ocasiones nada infrecuentes en que no se acostaba en toda la noche, estaba desayunando. Yo, que me hallaba de pie junto a la chimenea, me agaché para recoger el bastón olvidado por nuestro visitante de la noche anterior. Sólido, de madera de buena calidad y con un abultamiento a modo de empuñadura, era del tipo que se conoce como
«abogado de Penang». Inmediatamente debajo de la protuberancia el bastón llevaba una ancha tira de plata, de más de dos centímetros, en la que estaba grabado «A James Mortimer, MRCS ( Miembro del Real Colegio de Cirujanos - Member of the Royal College of Surgeons), de sus amigos de CCH», y el año, « 1884». Era exactamente la clase de bastón que solían llevar los médicos de cabecera a la antigua usanza: digno, sólido y que inspiraba confianza.

-Veamos, Watson, ¿a qué conclusiones llega?

Holmes me daba la espalda, y yo no le había dicho en qué me ocupaba.

-¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Voy a creer que tiene usted ojos en el cogote.

-Lo que tengo, más bien, es una reluciente cafetera con baño de plata delante de mí -me respondió-. Vamos, Watson, dígame qué opina del bastón de nuestro visitante. Puesto que hemos tenido la desgracia de no coincidir con él e ignoramos qué era lo que quería, este recuerdo fortuito adquiere importancia. Descríbame al propietario con los datos que le haya proporcionado el examen del bastón.

-Me parece -dije, siguiendo hasta donde me era posible los métodos de mi compañero- que el doctor Mortimer es un médico entrado en años y prestigioso que disfruta de general estimación, puesto que quienes lo conocen le han dado esta muestra de su aprecio.

-¡Bien! -dijo Holmes-. ¡Excelente!

-También me parece muy probable que sea médico rural y que haga a pie muchas de sus visitas.

-¿Por qué dice eso?

-Porque este bastón, pese a su excelente calidad, está tan baqueteado que difícilmente imagino a un médico de ciudad llevándolo. El grueso regatón de hierro está muy gastado, por lo que es evidente que su propietario ha caminado mucho con él.

-¡Un razonamiento perfecto! -dijo Holmes.

-Y además no hay que olvidarse de los «amigos de CCH». Imagino que se trata de una asociación local de cazadores, a cuyos miembros es posible que haya atendido profesionalmente y que le han ofrecido en recompensa este pequeño obsequio.

-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la silla de la mesa del desayuno y encendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido usted a bien recoger mis modestos éxitos, siempre ha subestimado su habilidad personal. Cabe que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz. Hay personas que sin ser genios poseen
un notable poder de estímulo. He de reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.

Hasta entonces Holmes no se había mostrado nunca tan elogioso, y debo reconocer que sus palabras me produjeron una satisfacción muy intensa, porque la indiferencia con que recibía mi admiración y mis intentos de dar publicidad a sus métodos me había herido en muchas ocasiones. También me enorgullecía pensar que había llegado a dominar su sistema lo bastante como para aplicarlo de una forma capaz de merecer su aprobación. Acto seguido Holmes se apoderó del bastón y lo examinó durante unos minutos. Luego, como si algo hubiera despertado especialmente su interés, dejó el cigarrillo y se trasladó con el bastón junto a la ventana, para examinarlo de nuevo con una lente convexa.

-Interesante, aunque elemental -dijo, mientras regresaba a su sitio preferido en el sofá-. Hay sin duda una o dos indicaciones en el bastón que sirven de base para varias deducciones.

-¿Se me ha escapado algo? -pregunté con cierta presunción-. Confío en no haber olvidado nada importante.

-Mucho me temo, mi querido Watson, que casi todas sus conclusiones son falsas. Cuando he dicho que me ha servido usted de estímulo me refería, si he de ser sincero, a que sus equivocaciones me han llevado en ocasiones a la verdad. Aunque tampoco es cierto que se haya equivocado usted por completo en este caso. Se trata sin duda de un médico rural que camina mucho.

-Entonces tenía yo razón. -Hasta ahí, sí.

-Pero sólo hasta ahí.

-Sólo hasta ahí, mi querido Watson; porque eso no es todo, ni mucho menos. Yo consideraría más probable, por ejemplo, que un regalo a un médico proceda de un hospital y no de una asociación de cazadores, y que cuando las iniciales CC van unidas a la palabra hospital, se nos ocurra enseguida que se trata de Charing Cross.

-Quizá tenga usted razón.

-Las probabilidades se orientan en ese sentido. Y si adoptamos esto como hipótesis de trabajo, disponemos de un nuevo punto de partida desde donde dar forma a nuestro desconocido visitante.

-De acuerdo; supongamos que «CCH» significa «hospital de Charing Cross»; ¿qué otras conclusiones se pueden sacar de ahí?

-¿No se le ocurre alguna de inmediato? Usted conoce mis métodos. ¡Aplíquelos!

-Sólo se me ocurre la conclusión evidente de que nuestro hombre ha ejercido su profesión en Londres antes de marchar al campo.

-Creo que podemos aventurarnos un poco más. Véalo desde esta perspectiva. ¿En qué ocasión es más probable que se hiciera un regalo de esas características? ¿Cuándo se habrán puesto de acuerdo sus amigos para darle esa prueba de afecto? Evidentemente en el momento en que el doctor Mortimer dejó de trabajar en el hospital para abrir su propia consulta. Sabemos que se le hizo un regalo. Creemos que se ha producido un cambio y que el doctor Mortimer ha pasado del hospital de la ciudad a una consulta en el campo.
¿Piensa que estamos llevando demasiado lejos nuestras deducciones si decimos que el regalo se hizo con motivo de ese cambio?

-Parece probable, desde luego.

-Observará usted, además, que no podía formar parte del personal permanente del hospital, ya que tan sólo se nombra para esos puestos a profesionales experimentados, con una buena clientela en Londres, y un médico de esas características no se marcharía después a un pueblo. ¿Qué era, en ese caso? Si trabajaba en el hospital sin haberse incorporado al personal permanente, sólo podía ser cirujano o médico interno: poco
más que estudiante posgraduado. Y se marchó hace cinco años; la fecha está en el bastón. De manera que su médico de cabecera, persona seria y de mediana edad, se esfuma, mi querido Watson, y aparece en su lugar un joven que no ha cumplido aún la treintena, afable, poco ambicioso, distraído, y dueño de un perro por el que siente gran afecto y que describiré aproximadamente como más grande que un terrier pero más
pequeño que un mastín.

Yo me eché a reír con incredulidad mientras Sherlock Holmes se recostaba en el sofá y enviaba hacia el techo temblorosos anillos de humo.

-En cuanto a sus últimas afirmaciones, carezco de medios para rebatirlas -dije-, pero al menos no nos será difícil encontrar algunos datos sobre la edad y trayectoria profesional de nuestro hombre.

Del modesto estante donde guardaba los libros relacionados con la medicina saqué el directorio médico y, al buscar por el apellido, encontré varios Mortimer, pero tan sólo uno que coincidiera con nuestro visitante, por lo que procedí a leer en voz alta la nota biográfica.

«Mortimer, James, MRCS, 1882, Grimpen, Dartmoor, Devonshire. De 1882 a 1884 cirujano interno en el hospital de Charing Cross. En posesión del premio Jackson de patología comparada, gracias al trabajo titulado "¿Es la enfermedad una regresión?". Miembro correspondiente de la Sociedad Sueca de Patología. Autor de "Algunos fenómenos de atavismo" (Lancet, 1882), "¿Estamos progresando?" (Journal of Psychology,
marzo de 1883). Médico de los municipios de Grimpen, Thorsley y High Barrow».

-No se menciona ninguna asociación de cazadores -comentó Holmes con una sonrisa maliciosa-; pero sí que nuestro visitante es médico rural, como usted dedujo atinadamente. Creo que mis deducciones están justificadas.

Por lo que se refiere a los adjetivos, dije, si no recuerdo mal, afable, poco ambicioso y distraído. Según mi experiencia, sólo un hombre afable recibe regalos de sus colegas, sólo un hombre sin ambiciones abandona una carrera en Londres para irse a un pueblo y sólo una persona distraída deja el bastón en lugar de la tarjeta de visita después de esperar una hora.

-¿Y el perro?

-Está acostumbrado a llevarle el bastón a su amo. Como es un objeto pesado, tiene que sujetarlo con fuerza por el centro, y las señales de sus dientes son perfectamente visibles. La mandíbula del animal, como pone de manifiesto la distancia entre las marcas, es, en mi opinión, demasiado ancha para un terrier y no lo bastante para un mastín. Podría ser..., sí, claro que sí: se trata de un spaniel de pelo rizado.

Holmes se había puesto en pie y paseaba por la habitación mientras hablaba. Finalmente se detuvo junto al hueco de la ventana. Había un tono tal de convicción en su voz que levanté la vista sorprendido.

-¿Cómo puede estar tan seguro de eso?

-Por la sencilla razón de que estoy viendo al perro delante de nuestra casa, y acabamos de oír cómo su dueño ha llamado a la puerta. No se mueva, se lo ruego. Se trata de uno de sus hermanos de profesión, y la presencia de usted puede serme de ayuda. Éste es el momento dramático del destino, Watson: se oyen en la escalera los pasos de alguien que se dispone a entrar en nuestra vida y no sabemos si será para bien o para mal. ¿Qué es lo que el doctor James Mortimer, el científico, desea de Sherlock Holmes, el detective?

¡Adelante!

El aspecto de nuestro visitante fue una sorpresa para mí, dado que esperaba al típico médico rural y me encontré a un hombre muy alto y delgado, de nariz larga y ganchuda, disparada hacia adelante entre unos ojos grises y penetrantes, muy juntos, que centelleaban desde detrás de unos lentes de montura dorada. Vestía de acuerdo con su profesión, pero de manera un tanto descuidada, porque su levita estaba sucia y los pantalones, raídos. Cargado de espaldas, aunque todavía joven, caminaba echando la cabeza hacia adelante y ofrecía un aire general de benevolencia corta de vista. Al entrar, sus ojos tropezaron con el bastón que Holmes tenía entre las manos, por lo que se precipitó hacia él lanzando una exclamación de alegría.

-¡Cuánto me alegro! -dijo-. No sabía si lo había dejado aquí o en la agencia marítima. Sentiría mucho perder ese bastón.

-Un regalo, por lo que veo -dijo Holmes.

-Así es.

-¿Del hospital de Charing Cross?

-De uno o dos amigos que tenía allí, con ocasión de mi matrimonio.

-¡Vaya, vaya! ¡Qué contrariedad! -dijo Holmes, agitando la cabeza.

-¿Cuál es la contrariedad?

-Tan sólo que ha echado usted por tierra nuestras modestas deducciones. ¿Su matrimonio, ha dicho?

-Sí, señor. Al casarme dejé el hospital, y con ello toda esperanza de abrir una consulta. Necesitaba un hogar.

-Bien, bien; no estábamos tan equivocados, después de todo -dijo Holmes-. Y ahora, doctor James Mortimer...

-No soy doctor; tan sólo un modesto MRCS.

-Y persona amante de la exactitud, por lo que se ve.

-Un simple aficionado a la ciencia, señor Holmes, coleccionista de conchas en las playas del gran océano de lo desconocido. Imagino que estoy hablando con el señor Sherlock Holmes y no...

-No se equivoca; yo soy Sherlock Holmes y éste es mi amigo, el doctor Watson.

-Encantado de conocerlo, doctor Watson. He oído mencionar su nombre junto con el de su amigo. Me interesa usted mucho, señor Holmes. No esperaba encontrarme con un cráneo tan dolicocéfalo ni con un arco supraorbital tan pronunciado. ¿Le importaría que recorriera con el dedo su fisura parietal? Un molde de su cráneo, señor mío, hasta que pueda disponerse del original, sería el orgullo de cualquier museo antropológico.

No es mi intención parecer obsequioso, pero confieso que codicio su cráneo.

Sherlock Holmes hizo un gesto con la mano para invitar a nuestro extraño visitante a que tomara asiento. - Veo que se entusiasma usted tanto con sus ideas como yo con las mías -dijo-. Y observo por su dedo índice que se hace usted mismo los cigarrillos. No dude en encender uno si así lo desea.

El doctor Mortimer sacó papel y tabaco y lió un pitillo con sorprendente destreza. Sus dedos, largos y temblorosos, eran tan ágiles e inquietos como las antenas de un insecto.
Holmes guardó silencio, pero la intensidad de su atención me demostraba el interés que despertaba en él nuestro curioso visitante.

-Supongo -dijo finalmente-, que no debemos el honor de su visita de anoche y ésta de hoy exclusivamente a su deseo de examinar mi cráneo.

-No, claro está; aunque también me alegro de haber tenido la oportunidad de hacerlo, he acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una persona poco práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave como singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo experto europeo mejor cualificado...

-Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? -le interrumpió Holmes con alguna aspereza.

-Para una persona amante de la exactitud y de la ciencia, el trabajo de monsieur Bertillon tendrá siempre un poderoso atractivo.

-¿No sería mejor consultarle a él en ese caso?

-He hablado de personas amantes de la exactitud y de la ciencia. Pero en cuanto a sentido práctico todo el mundo reconoce que carece usted de rival. Espero, señor mío, no haber...

-Tan sólo un poco -dijo Holmes-. No estará de más, doctor Mortimer, que, sin más preámbulo, tenga la amabilidad de contarme en pocas palabras cuál es exactamente el problema para cuya resolución solicita mi ayuda.

 

miércoles 20 de mayo de 2009

EL SUR TAMBIÉN EXISTE PARA MARIO BENEDETTI

IN MEMORIAM

(Montevideo,17 de mayo de 2009)

Te leeremos siempre. Mario Benedetti nació en 1920 en Uruguay. Es el autor de novelas y relatos como Primavera con una esquina rota, ensayista,  autor teatral, crítico y poeta. Renovador del lenguaje. Hombre y escritor comprometido con su tiempo nos deja su palabra.

Con su ritual de acero 
sus grandes chimeneas 
sus sabios clandestinos 
su canto de sirenas 
sus cielos de neón 
sus ventanas navideñas 
su culto a dios padre 
y de las charreteras 
con sus llaves del reino 
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo 
el hambre disponible 
recorre el fruto amargo 
de lo que otros deciden 
mientras que el tiempo pasa 
y pasan los desfiles 
y se hacen otras cosas 
que el norte no prohíbe 
con su esperanza dura 
el sur también existe

con sus predicadores 
sus gases que envenenan 
su escuela de chicago 
sus dueños de la tierra 
con sus trapos de lujo 
y su pobre osamenta 
sus defensas gastadas 
sus gastos de defensa 
son su gesta invasora 
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo 
cada uno en su escondite 
hay hombres y mujeres 
que saben a qué asirse 
aprovechando el sol 
y también los eclipses 
apartando lo inútil 
y usando lo que sirve 
con su fe veterana 
el sur también existe

con su corno francés 
y su academia sueca 
su salsa americana 
y sus llaves inglesas 
con todos sus misiles 
y sus enciclopedias 
su guerra de galaxias 
y su saña opulenta 
con todos sus laureles 
el norte es el que ordena

pero aquí abajo abajo 
cerca de las raíces 
es donde la memoria 
ningún recuerdo omite 
y hay quienes se desmueren 
y hay quienes se desviven 
y así entre todos logran 
lo que era un imposible 
que todo el mundo sepa 
que el sur también existe.

...

 

Cuando uno se lava la cabeza los pensamientos se purifican.

 

Las ventanas son los ojos del mundo y las cortinas sus párpados.

 

La vocación suele estar a pocos centímetros de la equivocación.

 

DE PALABRA EN PALABRA

            Uno de los trayectos más estimulantes de esta vida es el tránsito por el idioma. El pensamiento avanza de palabra en palabra. Es una senda llena de sorpresas y algunas veces totalmente inédita. Y cuando pasa a ser sonido, cuando cada vocablo por fin coincide con la voz que lo espera, entonces lo normal se convierte en milagro. Paso a paso, sílaba a sílaba, el idioma pasa a ser una revelación. Y qué placer cuando un prójimo cualquiera sale a nuestro encuentro, paso a paso también, sílaba a sílaba, y su palabra se abraza con la nuestra.

            Las maravillas y las impurezas emergen repentinamente del olvido y se introducen sin permiso en nuestro asombro. Gracias al idioma, sobrevivimos. Porque somos palabra, quién lo duda. El lenguaje es una bolsa de ideas, una metafísica que no tiene reglas, una propuesta que cada día es distinta.

            Al flanco de los cedros y los pinos crecen los nombres y las flores, porque el lenguaje es también un jardín.

 

jueves 16 de abril de 2009

EUGENIO FUENTES EN EL IES "JAVIER GARCÍA TÉLLEZ"







Mañana, día 17 de abril, Eugenio Fuentes estará en nustro centro para realizar una lectura de su obra y mantener una charla con los alumnos de Bachillerato de la ciudad, dentro de las actividades programadas en el Aula "José María Valverde".





A Eugenio Fuentes se le ha considerado, por la crítica, como uno de los renovadores del género policíaco en Europa. Escritor de novela negra y policíaca, nacido en Montehermoso - Cáceres- en 1958. Profesor y ahora escritor.
Algunas de sus novelas han sido traducidas y publicadas en otros países.
Comenzó su carrera literaria en 1990 con la novela Las batallas de Breda premiada con el Premio Cáceres de Novela Corta. En 1993 publica El nacimiento de Cupido, que obtendrá el Premio Internacional de Novela Ciudad de San Fernando , con la que se inicia la serie de novelas protagonizadas por el detective Ricardo Cupido. Tantas mentiras es de 1997 y por la que recibió el Premio de Extremadura a la Creación “José Antonio Gabriel y Galán”. El interior del bosque- Premio Alba/Prensa Canaria- (1999), La sangre de los ángeles (2001), Las manos del pianista (2003), Venas de nieve en 2006- Premio Extremadura a la Creación -. Con Cuerpo a Cuerpo (2007). También es articulista y ha recibido el Premio del Consejo Asesor de RTVE en Extremadura, el Premio “Francisco Valdés”, el Premio Nacional de Periodismo “Julio Camba”, el Premio “Carmen de Burgos” y el Premio “Manuel Azaña”. Acaba de publicar Contrarreloj en este abril de 2009.



BREDA


El detective atravesó caminando la pequeña ciudad en que se había convertido Breda en un corto plazo de quince años. La reapertura del viejo balneario y la expansión turística de la Reserva le habían dado un impulso importante, junto con la creación de una docena de medianas industrias que empleaban a tres o cuatro centenares de personas. Así, había conseguido asentarse entre la vieja villa anclada en sus costumbres y ascendencia rural y la mediana urbe de servicios a que aspiraban sus ediles.”
De El interior del bosque (1999)


sábado 28 de marzo de 2009

MARIANO JOSÉ DE LARRA (24 DE MARZO DE 1809 - 24 DE MARZO DE 2009):EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO.


Un 24 de marzo de 1809 nacía en la antigua sede de la Real Casa de Moneda de Madrid, Mariano José de Larra. Es considerado el padre del periodismo moderno. La situación política, social y económica que le tocó vivir a Fígaro, pseudónimo con el que firmaba sus artículos, fue gris. Como gris era una situación personal que no logró digerir. Larra se pegó un tiro en la sien el 13 de febrero de 1837, un lunes de Carnaval. Justo antes de recibir la visita de su amante. Sin embargo, Jesús Miranda, descendiente del escritor, asegura en una biografía que murió "por España y no por el amor a una mujer".

Creador del artículo crítico y mordaz; progresista, dramaturgo y narrador, autor de frases célebres como "Vuelva usted mañana", "Escribir en Madrid es llorar" o su famoso "Aquí yace media España. Murió la otra media".Ante todo, periodista. Fue el periodista más importante del XIX y del XX. A Larra le tocó vivir un pedacito de la historia de España que contribuiría a enriquecer una prosa ya de por sí espléndida. Nació en Madrid en plena Guerra de la Independencia contra los franceses. A los cuatro años se fue con su familia a París, con su padre, un médico afrancesado que sirvió en el ejército francés. Regresaría a Madrid, cinco años después.
A los cinco años hablaba y escribía francés como español. A los nueve estudiaba gramática latín y griego y a los doce tradujo La Ilíada, de Homero. Con 19 años escribía su folleto El duende satírico.

Las circusntancias históricas no fueron las únicas que marcaron su trayectoria. Con un matrimonio frustrado , Larra "fue un niño sin niñez y con un desarrollo prematuro dentro de una familia avanzada", considera Miranda- autor de una bografía-, quien define al escritor como "un dandy, amigo de sus pocos amigos, entre ellos Espronceda, rebelde, enamoradizo, reservado, escéptico y misántropo".Y en esta biografía, Jesús Miranda de Larra sostiene que el escritor se suicidó "por España y no por el amor a una mujer". Fue un hombre que luchó por cambiar España y al ver que no pudo integrarse en una España sin progreso, se pegó un tiro". La situación política, social y económica que le toco vivir a Fígaro fue desastrosa y gris. La transición del antiguo régimen al liberalismo.
Lo cierto es que Larra se pegó un tiro en la sien el 13 de febrero de 1837 en su casa madrileña de la calle de Santa Clara, un lunes de Carnaval tras recibir la visita de su amante, Dolores Armijo, pidiéndole las cartas de amor que ella le había enviado, porque quería salvar su matrimonio.
Este hecho ha protagonizado ríos de tinta, obras de teatro y ha sido novelado, sobre todo, por uno de los especialistas en la vida y obra de Larra, Juan Eduardo Zúñiga, autor de Balas de plomo, novela en la que recrea el día que Fígaro puso fin a su vida.


Vuelva usted mañana
Mariano José de Larra

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta -pág. 5- de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.
Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
-Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
-Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.
Al llegar aquí monsieur Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
-Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
-¿Cómo?
-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
-¿Os burláis?
-No por cierto.
-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
-Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
-¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
-Todos os comunicarán su inercia.
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido , declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos.
-Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio».
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas.
-Me parece que son hombres singulares...
-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentose con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
-Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.
«Grande causa le habrá detenido», dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid. -pág. 12- Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:
-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.
-Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.
-Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-; su señoría está en efecto ocupadísimo.
Dionos audiencia el miércoles inmediato, y, ¡qué fatalidad!, el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.
-De aquí se remitió con fecha de tantos -decían en uno.
-Aquí no ha llegado nada -decían en otro.
-¡Voto va! -dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!
-Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía:
«A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado.»
-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio.
Pero monsieur Sans-délai se daba a todos diablos.
-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: «Vuelva usted mañana», y cuando este dichoso «mañana» llega en fin, nos dicen redondamente que «no»? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.
-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
-Ese hombre se va a perder -me decía un personaje muy grave y muy patriótico.
-Esa no es una razón -le repuse-: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.
-¿Cómo ha de salir con su intención?
-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?
-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.
-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?
-Sí, pero lo han hecho.
-Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.
-Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.
-En fin, señor Fígaro, es un extranjero.
-¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?
-Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
-Señor mío -exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas.
»Un extranjero -seguí- que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted -concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas!
Concluida esta filípica, fuime en busca de mi Sans-délai.
-Me marcho, señor Fígaro -me dijo-. En este país «no hay tiempo» para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.
-¡Ay, mi amigo! -le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.
-¿Es posible?
-¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...
Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.
-Vuelva usted mañana -nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve.
-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.
Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentose con decir:
-Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!
Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé «Vuelva usted mañana»; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: «¡Eh!, ¡mañana le escribiré!». Da gracias a que llegó por fin este mañana que no es del todo malo: pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833.